El sueño del AVE se hace pesadilla

Enlace al artículo original, publicado el 27 de septiembre de 2011

Aunque desde el propio anuncio sonaba a disparate, más de uno creyó la promesa de unir todas las capitales de provincia peninsulares a la red ferroviaria de alta velocidad (AVE) antes de 2020. Hoy les invade la decepción: el ministro de Fomento, José Blanco, lleva semanas advirtiendo de que no todos los enlaces y líneas proyectados se van a poder construir; sólo aquéllos que tengan racionalmente garantizada su viabilidad económica. A falta de explicación más concreta, cabe suponer que depende de la densidad de tráfico entre los puntos a enlazar.

Lo primero que sorprende es la novedad del criterio: ¿es que no se aplicaba a todos y cada uno de los proyectos de línea de alta velocidad? Lo cierto es que algunas voces ya habían cuestionado determinados trazados, pero fueron descalificados rotundamente por la doctrina oficial. Tan es así que el AVE llegó a parecer un derecho, en lugar de un medio de transporte. Que ahora se vaya a invertir racionalmente es una buena noticia; la pena es que hayan tenido que llegar tiempos de penuria para descubrirlo.

La racionalidad en el empleo de dinero público es obligada, pero no basta: precisa ir acompañada de equidad. Y en eso el ministro Blanco no se ha explayado hasta ahora. Ha anunciado posibles, casi seguras cancelaciones de tramos de alta velocidad previstos (acaba de referirse al enlace con Cantabria), pero sigue adelante, con empeño digno de óptimas causas, con un trazado hasta y por Galicia que muchos expertos consideran más político que racional. O mantiene silencio sobre las muy recientemente adjudicadas obras de la línea hacia Extremadura, pese a la reticencia primero, y ya negativa, del gobierno portugués a acometer el tramo hasta Lisboa. Por no mencionar inversiones ya acometidas o en curso que duplican enlaces, como el recién inaugurado Madrid-Barajas, para unir puntos que la red de metro une desde hace años.

Sabido es que en estos tiempos la crisis vale como percha o justificación para todo; incluso para tratar de evitar el reconocimiento de un error, por más que se haya mantenido hasta más o menos anteayer, cuando la socorrida crisis llevaba ya al menos tres años instalada por doquier. De ahí que los malpensados tengan a su disposición argumentos para sostener que muchos gobiernos no saben invertir, sólo gastar.

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