Adios Marcelino, adios compañero

La última vez que lo ví en público fue hace unos dos años, en la re-inauguración del nuevo local de los compas del PCE de Alcalá. Se le veía muy mayor, pero se le veía contento con la alegría que le rodeaba y supongo que por sentirse querido entre tantos camaradas conocidos y otros nuevos. Cada acto público suyo era siempre así desde hacía un par de décadas.

Cuando cogió el micro se enrolló, como siempre, pero todo lo que dijo lo hizo con palabras claras y argumentos tranquilos. Para que lo entendiera todo el mundo. También es cierto que el discurso tenía mucho de la teoria marxista de los 70 y 80, pero en eso Marcelino siempre fue fiel a sí mismo y a la memoria de la lucha.

Un tipo humilde, trabajador y profundamente comprometido. Un ejemplo de dignidad, de coherencia, de lucha. Comunismo hecho carne y vida. Es casi imposible hacerle ni medio reproche.

De Marcelino lo que siempre me gustaba era ver cómo alguien que había tenido el poder de parar un país entero con una huelga general, que había negociado en nombre de tanta gente, que podía haber sacado partido y beneficio personal; en cambio seguía viviendo en su casa de barrio en Carabanchel, con modestia, con austeridad. Como muchos otros sindicalistas anónimos que cumplen con su compromiso por coherencia, por solidaridad o por la rabia controlada de querer cambiar el mundo. Lo de la casa de Carabanchel me parecía el mejor ejemplo de coherencia y de no perder las raices y la perspectiva.

En la contraportada de El País salen entrevistas con gente de la actulidad con las que quedan a comer o desayunar. Y siempre sale lo que gastan en esas comidas o desayunos (ayer era Cristina Almeida). Hay facturas de verguenza después de oir hablar a muchos dando discursos de solidaridad, compromiso, etc. en la misma página. El día que sacaron a Marcelino, la “factura” era: dos cafés con leche y magdalenas. Cero euros.

Hace tiempo, le hicieron una entrevista en Mundo Obrero y recuerdo una metáfora perfecta para explicar la desmovilización y la falta de coraje ya no de la izquierda sino de los dirigentes de la izquierda. Decía Marcelino: “Hay muchos dirigentes que han llegado a los despachos y se les ha metido la moqueta en la columna vertebral”. Cuanta verdad. ¡Cuantos Marcelinos nos hacen falta!

Hasta siempre, compañero.

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